Alice in Wonderland

Fushigi no Kuni no Alice

ふしぎの国のアリス

Sobre este anime

En la década de los 80, la industria del anime en Japón tenía una fijación particular por adaptar clásicos de la literatura occidental. Entre esa oleada de producciones, surgió una versión de *Alicia en el país de las maravillas* estrenada en 1983 que, a diferencia de las adaptaciones cinematográficas que suelen condensar la historia en menos de dos horas, decidió tomarse su tiempo: 52 episodios.

Para alguien ajeno al mundo del anime, puede resultar extraño imaginar cómo una historia tan breve y surrealista como la de Lewis Carroll puede sostenerse durante más de cincuenta capítulos. La respuesta reside en el formato episódico de la época. En lugar de correr hacia el final, esta serie se dedica a explorar el País de las Maravillas como si fuera un mapa vasto. Cada encuentro, ya sea con el Gato de Cheshire o con la volátil Reina de Corazones, se convierte en una mini-aventura donde Alicia no solo es una espectadora, sino una visitante que intenta comprender las reglas ilógicas de este mundo extraño.

A diferencia de las versiones más oscuras o estilizadas que hemos visto en el cine moderno, este anime mantiene un tono que busca ser accesible para todo tipo de público, alejándose de las pretensiones artísticas para centrarse en la curiosidad genuina de la protagonista. Es una curiosidad que, honestamente, se siente muy humana: Alicia llega a un lugar donde nada tiene sentido, y su reacción no es de heroísmo, sino de desconcierto constante. Ese es precisamente su mayor atractivo. No estamos viendo a una guerrera, sino a una niña navegando por un entorno diseñado para desafiar su lógica.

Ahora bien, es importante ser realistas. Con una calificación de 56 sobre 100, no estamos ante un pilar fundamental de la animación japonesa que cambió el medio. Es un producto de su tiempo, con las limitaciones técnicas de una serie de 1983 que buscaba llenar espacios en la televisión. Su ritmo es pausado y, en ocasiones, puede sentirse repetitivo para el espectador actual, acostumbrado a tramas rápidas y giros constantes. Sin embargo, tiene un encanto nostálgico. Ver cómo la animación de los ochenta interpretaba los diseños victorianos es un ejercicio visual interesante, una ventana a cómo Japón imaginaba la fantasía europea hace cuarenta años.

Si decides darle una oportunidad, hazlo con la mentalidad de quien abre un libro antiguo: no busques dinamismo frenético, sino un ritmo pausado, casi como un cuento que se narra poco a poco antes de dormir. Es una pieza de arqueología televisiva que, sin grandes pretensiones, logró llevar a una audiencia masiva las locuras de Carroll a través de un formato que hoy prácticamente ha desaparecido.

¿Para quién es?

* Coleccionistas de rarezas de la animación de los ochenta.
* Personas que disfrutan de historias con ritmo pausado y episódico.
* Curiosos interesados en cómo se adaptaban los clásicos literarios a la televisión antigua.

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